Vino tinto: amor, miedo, él

Me da miedo beber sola. Más miedo aún me da una copa de vino tinto. Y eso que me gusta, su sabor, su sensación. Me hace sentir señorita, me lleva a un mundo de elegancia y feminidad. Pero me da igualmente miedo.

Una mujer sola en su piso bien decorado, una noche cualquiera, bien vestida en ropa de casa, una vela aromática ardiendo sobre la repisa que ilumina la estancia mientras ella lee y acompaña cada línea con una copa de vino tinto, es la escena más bucólica e incluso deseada por miles de mujeres hoy en día. Yo puedo disfrutar de esa escena tal cual el día y la noche que quiera. Todo está en mi vida menos, la copa de vino. Y reconozco que me encantaría, porque el vino me gusta pero en él sólo veo dolor y perdición.

En él, en el vino, veo tú perdición. Veo en él el agujero en el que te sumergiste para no sufrir, para no vivir y simplemente dejarte llevar por los sentimientos más profundos y horribles que tus propios actos y ausencia de ellos se apoderaron de ti. Eso es para mí una copa de vino tinto. Miedo, perdición… El líquido de los horrores. Lo que me hizo perderte, lo que me alejó del todo de ti y apagó tu brillantez, tu luminosidad, tu inteligencia sin igual y tu conexión conmigo.

¿Cómo una copa de vino puede representar tanto? Es paradójico y hasta ahora mismo no me había dado cuenta. Me gusta, sí, su sabor, su aroma y las sensaciones que yo vivo cuando tengo copa en mano. Pero al mismo tiempo me aterra, me hace sentir en sus manos y que me arriesgo a perder absolutamente el control sobre mí y mi vida, aunque sólo sea unos instantes. ¡Pero qué instantes! Unos minutos o incluso algunas horas, qué sé yo, de los que puede que siempre me arrepienta y más, si después no me voy a acordar.

El vino me asusta. No quiero perder mi control, no quiero dejar de tener las riendas y no puedo, bajo ningún concepto, arriesgarme a dejar de sentir un mísero instante y que eso, me guste. Porque si me llega a gustar esa anestesia, no seré capaz de volver a mí yo, al que duele en ocasiones, a ese que está muy despierto y que me tiene frente a la realidad en todo momento. No puedo. No quiero. No me lo permito porque me asusta. ¿Cobardía? Para mí, valentía. Quizás lo más fácil fuese tomar esa copa de vino y después otra y otra más y apagarme, desconectarme internamente para no sentir en determinados momentos.

¡No! Yo no quiero eso y jamás lo he querido. Yo soy de las de sentir, de las de echarle ovarios y decirle a la vida que aquí estoy. ¿Qué hay que vivir? Sea lo que sea, aquí estoy. No me doy la vuelta, no huyo y no me voy a dormir esperando que la tormenta pase pronto. ¿Qué hay que remar contra viento, marea y tempestad? Oye, pues se rema. A pecho descubierto o con las herramientas que por el camino me haya podido granjear. Pero yo, remo. ¿Valiente? Sí, seguramente. También para no tomar esa primera copa de vino que puede suponer el principio del fin.

No, no tengo problemas con el alcohol pero él sí. Y yo, tengo la suficiente cordura, inteligencia emocional y lo que sea que haya que tener para no caer en esto. Pero también sé que soy débil y que podría gustarme esa sensación de no tener que seguir luchando en una vida que a menudo, se torna más que difícil. Yo puedo salir como ayer y tomarme 3 copas de vino blanco con las amigas pero reconozco que me perturba lo bien y aislada de los problemas que me siento durante ese momento y que con la excusa de… ¡qué dulce está! (me gusta el vino blanco) me podría tomar más. Pero lo de emborracharme ya descubrí en la juventud cuando salía de fiesta con mis amigas que no es algo que me guste. Como suelo decir ahora: no me compensan 3 copas por 3 días de malestar, dolor de cabeza y pensar si he dicho – hecho algo incorrecto.

El vino a mí, me da miedo y por eso, tengo con él esa relación de respeto. A él lo ayudó a no sentir. No soportaba su propia vida. Se convirtió en lo que ella quiso y fue su marioneta y brazo ejecutor. Tomó decisiones que jamás habría tomado en su centro y es que su interior era todo luz pero se apagó como se apaga cualquier incendio cuando algún tipo de líquido cae en olas sobre las llamas. A él su luz la apagó el vino pero también ella y la propia rabia que él se auto generó por sus actuaciones.

¿Lo mató el vino? No. ¿Lo hizo ella indirectamente? Tampoco. Él se fue consumido por la pena, la rabia y el no poder tragar más. Literalmente. 3 cánceres en los lugares más estratégicos. Eso lo apagó no sin antes llevarlo a los infiernos del dolor y sufrimiento más absoluto.

El vino me da miedo pero sabes qué, que aquí me tiene a las 23.26 h escribiendo sobre él o mejor dicho, escribiendo sobre ti y poniéndolo a él, al vino, de excusa. ¿Por qué? Porque hasta en eso tenemos conexión, nuestro hilo no se ha cortado y jamás lo hará. Porque soy más parte de ti que nunca, porque te echo de menos como nunca pensé que lo haría y porque cualquier cosa me lleva a ti.

Porque te quiero, porque te entiendo, porque te perdono y porque soy mucho o todo gracias a ti. Seré capaz, lo prometo, de tomarme una copa de vino o dos, no más, sin miedo y brindaré por ti desde la tranquilidad de que yo controlo mi vida, mis decisiones, mis emociones y el vino no es un billete hacia el no sentir y la anestesia es solo un líquido que me puede gustar su sabor y que en algún momento puntual, me puede apetecer pero nada más. No representa nada más, ni siquiera, a ti. Tú eres mucho más. Por eso, antes, ahora y siempre, te quiero, papá.

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Mi vida cambió desde que asumí la completa responsabilidad de mi vida, mis actos y todo lo que ocurre a mi alrededor y que me afecta. Intento no castigarme, racionalizar y cuando puedo, fluir. Ese, es mi objetivo. Además de esto, amo la comunicación, escribir y expresarme y ese, es mi trabajo desde mi impulso emprendedor de mi estudio de marketing y comunicación.

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