Umbral del dolor… ¿Cuánto se puede aguantar?

Soy de esas personas que se rozan con un folio y ve las estrellas. Siento que en ese momento mi vida se paraliza y que me desangraré sin que pueda hacer nada por evitar mi muerte. Sí, así soy yo… O quizás debo decir “era” yo. Para mí el dolor es algo que puede conmigo. El dolor es mi mayor miedo. Es algo que no puedo controlar y que tampoco jamás lo he intentado porque pensaba que siempre, me ganaría la batalla.

El dolor y yo, no somos compatibles. No sé si el dolor es compatible con alguien, seguro que depende del umbral de cada uno pero conmigo, no hay migas que hacer.

Me refiero al dolor físico. Hoy no vengo a indagar sobre el dolor emocional. De ese siempre hablo y me he dado cuenta que ese, el dolor emocional y yo, tenemos una “mejor relación”. Que con el paso de los años, los golpes de la vida y el trabajo intenso de terapias variadas e introspección, somos capaces de tener conversaciones de tú a tú y que él, no me gane. Así que hoy, no es de él de quien hablo.

Hoy vengo a hablar o mejor dicho escribir de un dolor que jamás pensé que podría llegar a soportar. Del dolor físico.

Dolor físico… Ostras qué potente eres

Jamás estuve preparada para el dolor físico. Siempre me trabajé y me trabajo el dolor emocional. Las emociones (las mías) y yo, nos conocemos muy bien. Tanto que tengo hasta un botiquín de emergencia para cuando aparecen en momentos estelares. Es fuerte que tenga un botiquín para el dolor emocional y no lo tenga para el dolor físico.

Ya, es que yo me creía súper woman y pensaba que yo podía con el dolor físico. De hecho hace años que no me medico y si me viene un dolor de regla o de cabeza, pues busco el significado emocional y el origen, me lo gestiono y hablo con el dolor hasta que desaparece. Pero claro, ¿quién me dijo a mi que hay dolores que te paralizan físicamente? Nadie me avisó que el dolor físico hace tantos estragos que te puede volver loca literalmente. Ahora que lo pienso, ¿en eso se basan las torturas militares y demás no? En causar dolor físico no hasta matar sino hasta desequilibrar a la persona mentalmente.

Como decía al comienzo, el dolor físico y yo jamás nos hemos llevado nada bien. Cualquier cosa que yo piense que me va a doler en el cuerpo, está descartado de mi vida y genero una situación de protección que llega al más auténtico ridículo. Tengo pánico diagnosticado a las agujas… Y es que sé de antemano que me van a causar dolor y por eso las rechazo. De ahí, en adelante todo lo demás. El miedo es tal que por ejemplo no se me puede coger una vía para operarme.

¿En serio? Sí. Me han operado 8 veces (incluyendo la de hace un mes) y nunca han podido cogerme la vía así, sin más. En esta última operación de rodilla llegué a negociar tal cual el que no habría epidural y si la había yo no me enteraría. Pero es que el plan era cogerme una vía, sedarme y así poderme poner la epidural pero estaba tan histérica y asustada que cuando la anestesista (la persona más empática que he conocido en mi vida) intentó coger la vía, paró todo en el quirófano y me pusieron el gas de los niños pequeños mientras todos meditábamos pensando que estábamos en Bali para así poder avanzar.

Esa soy yo. Supongo que me viene de familia. Mi padre era exactamente igual. No podía ir al dentista porque le daba absoluto pavor. Era igual que yo o yo igual que él. De hecho, cuando le vino el cáncer y le pusieron la máquina para comer y la quimio, dejó casi de hablar. Estaba tan asustado y sentía tanto miedo al dolor, que dejó de hablar y se apagó su chispa. Igual que a mi se me ha apagado durante este mes desde la operación.

¿Y para qué os cuento esto? Para poneros en situación. Porque tengo que reconocer que no me reconozco. Estoy absolutamente asombrada conmigo misma. En este mes y 11 días desde que me operaron de ligamentos, he visto superados todos mis umbrales de dolor y sobre todo, de valentía.

No sé que ha pasado, seguramente la necesidad o el “no quedarme otra” pero mi umbral del dolor no es que haya desaparecido, que obviamente no pero ha subido bastantes posiciones dejándome un espacio muy amplio de gestión y de “aguante”.

Mis logros en un mes

En este mes he superado mi miedo a las agujas y he aprendido a pincharme yo sola heparina. Quizás quien lea esto piense que es una tontería pero ya bastante es para alguien que le dan pánico las agujas, dejarse pinchar como para encima, hacerlo una misma a sí misma. Porque seamos sinceros: el hombre no está preparado para auto-infringirse dolor a uno mismo y sabemos que clavarnos una aguja por pequeña que sea, va a doler.

En este mes he superado mi miedo a las agujas y he aprendido a pincharme yo sola heparina. Quizás quien lea esto piense que es una tontería pero ya bastante es para alguien que le dan pánico las agujas, dejarse pinchar como para encima, hacerlo una misma a sí misma. Porque seamos sinceros: el hombre no está preparado para auto-infringirse dolor a uno mismo y sabemos que clavarnos una aguja por pequeña que sea, va a doler.

Me he curado los puntos de la rodilla yo sola (con sus mareos en medio, por supuesto). He vivido, así, a pelo, que me quiten un drenaje de la rodilla… Tirar de un tubo que tienes en un agujero recién abierto. Eso es así y quien lo cuente de otra manera, lo está maquillando. He aguantado momentos de dolor de rodilla que me han hecho marearme o tener que ir en ambulancia al hospital a las once de la noche.

Pero todo eso, parece que ya no existe cuando cada tarde me enfrento a mi rehabilitación de rodilla. ¿Dónde está el límite del dolor? ¿Cuánto puedo aguantar? No lo sé porque si estoy viviendo eso cada tarde y además vuelvo, es que empiezo a pensar que yo ya no soy yo.

Alucinada conmigo misma

El umbral del dolor es tan relativo y en realidad podemos aguantar tanto… Que estoy alucinando con mis capacidades. Recuerdo que mi padre me contaba que en el ejército (el fue militar de operaciones especiales) les decían que cuando sentían que ya no podían más y que se iban a rendir, en realidad estaban al 50% de sus capacidades. Esa frase me la repito constantemente cada tarde mientras tengo a un fisio (regalo de la vida) que me aprieta la pierna como si su vida fuese en ello.

Y yo… ¡Aguanto! Lloro, grito, pataleo y saco allí en medio de la sala de rehabilitación a la choni que todas llevamos dentro. Sí, todo eso hago pero cada día gano un centímetro de flexión y de extensión. Cada día evoluciono y cada día libero mi rodilla de adherencias.

¿Cómo lo he hecho?

No tengo ni idea. Reconozco que la cabeza se me ha ido. Que desde antes de la operación tengo una depresión que está pudiendo conmigo y que después, por muchas cosas acontecidas (incluyendo que quien me prometió estar en los peores momentos no sólo no ha estado sino que ha aprovechado verme mal para pisotearme sin compasión) sigo hacia abajo a gran velocidad.

Estoy deprimida, cansada, sin energía y con muchas ganas de dejarlo todo y acostarme durante días. Pero estoy sacando energías y fuerzas de algún lugar que quizás descubra dentro de un día. No sólo madrugo, trabajo, voy a la oficina, pinto, dibujo, escribo, estudio sino que voy a rehabilitación cada día. Yo, que soy la persona más inconstante del mundo… Voy a la rehabilitación sin plantearme si ir o no ir. Y voy sabiendo que voy a sufrir y mucho. Es alucinante como eso, ni me planteo no ir, ni tengo que repetirme “es por mi bien”. Me sale automático… ¡Voy!

Y lo mejor de todo… Es que aguanto el dolor y el sufrimiento. Y ahora me pregunto mientras siento un gran orgullo de mi misma, ¿hasta dónde puedo aguantar de dolor físico? No estaba preparada para esto. Me daba muchísimo miedo pero quizás esto es un aprendizaje de vida (por supuesto que lo es) para mostrarme de lo que soy capaz, aún más.

Author
Mi vida cambió desde que asumí la completa responsabilidad de mi vida, mis actos y todo lo que ocurre a mi alrededor y que me afecta. Intento no castigarme, racionalizar y cuando puedo, fluir. Ese, es mi objetivo. Además de esto, amo la comunicación, escribir y expresarme y ese, es mi trabajo desde mi impulso emprendedor de mi estudio de marketing y comunicación.

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